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El Mofache!

abril 20, 2011

Algunas noches y solo algunas este animal deambula por las carreteras de Bizkaia, rodea las rotondas, transita tranquilo y despacito por sus arcenes y contonea sus enormes caderas de mamífero orgulloso, u orgullosa… ¿quién sabe?

Hasta aquel jueves de primavera nadie tuvo delante a aquel ser, nadie pudo mirarle a los ojos. El Mofache sólo habitaba en leyendas de tabernas, en los chistes de grandes dimensiones, en las cerveceras de ambiente triste y amistades febriles a deshoras.

Pero aquella noche, pasadas las doce y después de que se hubiesen decretado los días más tristes, las noches más cálidas y las cervezas más amargas en la mejor de las compañías, tres jóvenes no tan jóvenes avanzaban por la carretera de Berango hacia Sopelana, cerca de la tierra media.

Allí estaba, cortando el paso, como un enorme gato de angora que no era un gato ni un hipopótamo ni un pájaro ni un avión… ni nada que esas tres personas hubiesen visto ni en los documentales de La2. Avanzaba serio pausado y sin miedo al tráfico. Las seis manos apuntaban en aquella dirección y se preguntaban qué era aquello… Hicieron mil conjeturas y las recopilaron para contarlas al día siguiente en la reunión de druidas, en la degustación del pollo con cerveza de aquel viernes triste que congregó a las personas más ilustres de la Comarca, (también era el viernes anual de la mejor compañía…)

Cuando llegaron empezaron a hacer sus apuestas sobre la especie, sobre el ser que habían visto a pocos metros y que les cambiaría para siempre. Después del ruido de las propuestas, de las reacciones de asombro y del sonido de 200 nombres distintos para denominar a aquel animal jamás contemplado, el silencio dejó paso a Erre, una de las druidas más queridas de toda la región que tenía la capacidad de estar en todas partes antes que el resto del mundo irradiando algo parecido a la esperanza. Sus ojos claros y clarividentes hablaron por fin de aquello que todos estábamos temiendo.

“Lo que anoche se cruzó en vuestro camino era un mofache…”

Aquellos y aquellas jóvenes no tan jóvenes sellaron con un pacto de cerveza el silencio sobre aquella visión. Decidieron salvar a aquel animal de experimentos y flashes, de zoológicos ilógicos…

Prometieron que allí donde estuviese alguna de las personas que asistió a aquel descubrimiento, allí donde estuviese una cerveza fría bien o mal tirada… habría espacio para animales inventados…

Y un día, años después aquellos mismos druidas descubrieron que estaban plagados de cicatrices, pero también de secretos dulces… así que siguieron juntos, se abrazaron y dejaron que llegase el día siguiente.

Texto: Emi Arias

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Espera primavera…

marzo 30, 2011

 

Cuando abandoné el líquido envolvente de las sábanas suaves y me asomé al mundo aquella mañana de primavera no recordaba para qué estaba allí. Demasiado ruido de demasiadas prisas. Demasiados días que pasan como las estaciones por la ventana de los trenes. Como esas sombras de colores difusas, esas fotos mal tomadas.

Abrí los brazos a la ventana esperando sus rayos de sol. Allí estaba toda aquella luz y también un edificio blanco y un cielo azul brillante que si mirabas fijamente te dejaba los ojos llenos de fuegos artificiales.

Al mirar el dorso de mis manos las encontré tan pálidas que se adivinaban cada uno de los mecanismos que anidaban debajo. Mis piernas, casi transparentes, tenían lar rodillas como dos flores cerradas y su fuerza se parecía a los aspersores en esa decadente danza,cuando ya alguien los ha apagado y giran cada vez más lentos lanzando menos agua a cada vuelta.

Cuando nací aquella mañana, igual que había nacido todas las demás, sentí que necesitaba un rato más de protección y calor en el viemtre de mi habitación, en las cuatro paredes que soportaban el mundo y le impedían entrar. No había nada de malo en ello, sólo que quería tomar mi posición primera y escuchar mi respiración un rato más. Sólo eso. Recordé que hacía mucho que no me sentaba y pensaba. Por eso y sólo por eso, vacíe la habitación de luz y le pedí a la primavera que me esperase un poco.

Texto: Emi Arias

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marzo 9, 2011

 

Y mi cabeza gira y se hace satélite. Da vueltas en circuitos infinitos, en curvas cerradas y abiertas, en espacios y en hondas de ruidos.

Y a veces para de girar y abre las puertas a luces de mil colores.

Cuando subo muy alto, a mil pies del suelo, veo todas vuestras cabezas. Las veo y luego intento que mis pensamientos tomen peso para que mi cabeza pierda altura y baje junto a vuestras convenciones, junto a vuestros tipos de interés, junto a vuestros conformismos. Yo lo intento y no funciona. Esta cabeza mía sigue llena de gas noble, de energía infinita, dolorosa y ardiente que me hace volar sin quererlo sobre mi mismo. Y una vez, de vez en cuando, se siente libre y baja a la tierra, con el resto de esclavos, con el resto de cadenas.

Texto: Emi Arias

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febrero 18, 2011

De eso me quiere convencer siempre ella cuando me coloco frente a su cara y la toco. Cuando palpo sus caderas y cuando acaricio esa curva que se dibuja entre su cuello y su hombro…

Todo es más bonito a oscuras pero yo solo pido luz un rato, un destello, un minuto, un solo segundo que ilumine tantas tinieblas… tantas imágenes que jamás han existido, tantas palabras huecas que nunca han tenido espejo en el mundo de las cosas.

Se que las sillas son sillas porque me han dicho que son sillas. Se que las flores son flores porque me han dicho que son flores. Se que la música vuela por el aire pero nunca he visto cómo. Se que los aviones vuelan. Se que la lluvia cambia el olor de las calles…

Pero nunca he visto una silla, ni una flor, ni el recorrido de la música, ni un avión, ni la lluvia, ni las calles…

Dice ella, siempre lo repite con su voz de pomelo, que es mejor así. Me convence de que el mundo es más bonito sin luz en los ojos, que es más bonito a oscuras.

He oído hablar de guerras, de hambre y también de gente rica que se ríe y señala con el dedo a quiénes mueren en las guerras y a quienes sucumben al hambre, he oído hablar de dignidad pisoteada… y aún así quiero abrir los ojos.

También he oído hablar de montañas, de mares transparentes, de lagos de leyenda, de atardeceres, de revoluciones sin sangre, de pirámides, de culturas milenarias, de mujeres y hombres que levantan la frente y pelean con la dignidad intacta. He oído hablar de mujeres y hombres que amasan el nuevo mundo y entierran a los faraones de la codicia y la injusticia para levantar con sus manos monumentos nuevos a la libertad…

He oído hablar de todo esto y ya no me llegan los oídos para abarcar tanta belleza.

Texto: Emi Arias

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febrero 6, 2011

 

Ahora que mi cuerpo se suspende en el vacío empiezo a pensar en todas aquellas cosas que antes parecían quimeras. Tras tomar impulso y despegar las plantas de los pies de esta terraza, empiezo a ver posibles todas aquellas realidades difusas, geométricas, archi-deseadas… Como aquella idea mía de reunir todas las mariposas del mundo para formar palabras en el cielo, o utilizar los misiles para hacer casas para pájaros y las casas para pájaros como refugios antiaéreos para personas diminutas.

 

Se me ocurre ahora, mientras caigo, que quiero besar a la gente besable y abrazar a la gente abrazable, sin filtros y sin miedos. Si me da tiempo antes de caer construiré por fin aquella máquina perfecta para adivinar los pensamientos de la gente que viaja en el metro, sus vidas ocultas, sus miedos de cristal.

 

Antes de tocar el suelo volveré a ir al colegio con el pijama debajo, le daré lametazos al bocadillo de no-ci-lla solo por los lados recogiendo el chocolate que sobresale. Antes del golpe miraré al sol para estornudar, tomaré una cucharada de cacao en polvo, daré vueltas hasta marearme, preguntaré “¿cuantos chuches me das por una moneda de estas?”, empezaré el yogur por la tapa, el helado por el palo y los polos por abajo. Antes, subiré escaleras de dos en dos, me tragaré un chicle, dibujaré un barco y me iré con él a conquistar los mares… Sí, creo que estas son las cosas que debo hacer antes de caer.

 

 

PUM!


Texto: Emi Arias

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enero 24, 2011


Planté aquel pájaro en el jardín con la esperanza de recoger sus frutos en primavera.

Necesitaba aquellas alas. Quería llegar más alto que el resto. Y así, al soñar con mis alas, mi cuerpo se llenaría de viento y se alzaría sobre los tejados, las nubes y sobre la vidas aburridas de mis vecinos.

Cuando llegó marzo, mi pájaro seguía yermo. En abril asomaron un par de hojas y mi ave de jardín perdió el norte, el sur, el este y el oeste… su cabeza cayó al suelo sin hacer ningun ruido. ¿Qué pasó? No quedaba ni un solo sueño dentro cuando me acerqué a recoger aquella cabeza de chorlito, se habían volatilizado todos y cada uno de ellos y, convertidos en vapor de agua, subieron a la atmósfera y se quedaron impregnando las nubes.

Un vecino se lo contó al Dedo Índice. Denunció que yo había plantado un ave de los sueños para volar alto. Lo entendieron como una traición y decidieron atarme a la tierra, atornillarme al suelo y servir de abono. Colocaron grilletes y cadenitas invisibles alrededor de mis muñecas. Aunque me quejaba, nadie sintió lastima porque al ser transparentes los grilletes parecía que estaba por gusto o por falta de riego. Me lo merecía por andar soñando más de la cuenta.

Una mañana me desperté empapado. El vapor de agua de aquellos sueños que anidaban en la cabeza de mi pájaro de jardín estaba cayendo a la tierra en forma de gotitas verdes. Una lluvia de sueños inundó todo el mundo… Yo recuerdo haber nacido mojado.

Aquel agua oxidó mis cadenas y yo quedé libre para contaros esta historia; la historia de aquel día en que planté un pájaro.

Texto: Emi Arias

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enero 18, 2011

 

Nos gustan las señoras con bigote y las naves espaciales que funcionan con pilas. Los sábados por la mañana lo mejor del mundo es sobrevolar un pueblo oscense lanzando globos de colores rellenos de chinchetas y esconderse para ver que pasa. Pero esta es otra cuestión y ahora estamos aquí para hablar de un tema serio.

Lo que más nos gusta en el mundo son las señoras con bigote, y lo decimos con orgullo. Recortan, lustran, giran y engoman ese delicado adorno del labio superior y no tienen tiempo para decir “uyuyuyuy” ni para ponerse bolsas de plástico en la cabeza, llueva o no.

Este tipo de señoras pasan mucho tiempo en los bares de carretera y en las tiendas de recambios de trastos irremplazables. Podéis pensar que es una tontería sentir predilección por ellas pero son casi tan divertidas y adorables como los señores que mueven la calderilla en el bolsillo, los que vigilan obras y las mujeres conservadoras de mediana edad que se niegan a teñirse las canas, encantadores cabellos blancos (por otro lado).

Advertimos de su parecido físico con un señor con peluca, pero no acepeteis imitaciones pues ellas son únicas… Muy suyas y muy nuestras…

Texto: Emi Arias